4 de octubre de 2007

El Camino Correcto

La formación de educadores ambientales está en permanente revisión, como lo debería estar la propia educación.


EL CAMINO CORRECTO


Hernán Sorhuet Gelós
EL PAIS - Uruguay 26/9/07

En las definiciones educativas de nuestro tiempo, subsisten las mismas dudas que caracterizaron al último tramo del siglo pasado.

No hallamos las estrategias ni las metodologías adecuadas que nos permitan encauzar el proceso hacia un modelo basado en pilares fundamentales de la formación de personas: hacer pensar y formar individuos libres y robustos en valores.

Esa educación integral no ignora la importancia de los contenidos y de la información. Le añade un trabajo tenaz en el desenvolvimiento de las capacidades reflexivas, analíticas y críticas de la persona.

La construcción del conocimiento se torna un objetivo tangible que debe ser trabajado con dedicación y esmero. Todo esto significa un cambio profundo y hasta traumático para los actores involucrados en el proceso.

Las experiencias previas están dirigidas en otro sentido, y allí radica el porqué de tanta dificultad par avanzar en esa dirección. La educación ambiental ofrece algunas soluciones interesantes a este problema.

Aunque tropieza con similares dificultades que otro enfoque educativo, cuenta con la ventaja de haber nacido como resultado de la búsqueda de un paradigma que de algunas respuestas a los viejos problemas.

Y decimos que debe sortear los mismos problemas, porque los docentes que la utilizan provienen, en su inmensa mayoría, de los centros de formación convencionales.
En otras palabras, deben enseñar una visión holística y sistémica de la realidad, aunque su formación trabajó hasta el cansancio, la estrategia de la fragmentación del conocimiento y, en todo caso, una reconstrucción integradora de la realidad, con frágiles intentos de ajustarse a la auténtica estructura y funcionamiento de la sociedad y el entorno.

A pesar de estos obstáculos, no cabe duda que la educación ambiental se ha abierto amplios espacios en las últimas décadas. Uno de los mayores desafíos tiene que ver con la formación docente.

¿De qué vale implementar numerosos programas y acciones de educación ambiental, si no contamos con equipos docentes capaces de llevarlas exitosamente a la práctica?
Aquí nuevamente se nos plantea el desafío de cómo formarlos. La tendencia es arrastrar los esquemas y enfoques tradicionales porque siempre causa temor recorrer territorios extraños.

En educación ambiental es inadmisible planificar la estrategia pedagógica sin conocer la cosmovisión de la comunidad con la que se pretende trabajar.
Pues su punto más fuerte es, justamente, educar sobre la realidad. Por lo tanto, no sirven las recetas ni las imposiciones.

El conocimiento se construye con los aportes y la participación de todos los actores. Estos principios no son retórica barata, sino el resultado de un aprendizaje por el método del "ensayo-error".

De nada sirve insistir con un enfoque educativo basado en la imposición, en la unilateralidad, en la subestimación del educando y su entorno.
Como vemos, el camino a recorrer es largo y cuesta arriba.
En estos días se realizó en México el 1er. Coloquio de Educación Ambiental, dirigido a estudiantes y egresados de Programas Académicos de la Universidad Pedagógica Nacional.

Su gran éxito se cimentó en la pertinencia de su enfoque. Durante tres jornadas más de 200 docentes analizaron, con mucha autocrítica, las debilidades y fortalezas del ejercicio de la profesión.

Como era de esperar, la formación docente nuevamente se erigió como uno de los puntos estratégicos a trabajar con más celo. Continuaremos.

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